Campeón hay uno sólo

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Faltaban dos días para la Navidad, pero a nadie le importaba. En las próximas 48 horas, los chicos iban a recibir a Papá Noel en sus hogares, pero eso tampoco le interesaba a nadie. Los ojos del país estaban puestos en la final que se debía jugar en la cancha de Racing, entre Boca Juniors y River Plate. El club más popular de la Argentina y el elenco de Núñez debían definir el Torneo Nacional de 1976 en Avellaneda y ahí, realmente, estaba lo importante.

Nunca en la historia había pasado algo igual. Por lo general se jugaban dos Superclásicos: uno de local, otro de visitante. Y quizá, cuando el destino lo disponía, había enfrentamientos por Copas internacionales, más precisamente por Libertadores. Pero esto era un acontecimiento nuevo para los amantes del fútbol argentino, por eso aquel famoso partido tuvo (y tiene) tanta relevancia. En la República Argentina se vivían tiempos duros, ya que la dictadura militar gobernaba al país. El miedo se apoderaba de las calles y se instalaba en las casas. Había pocas cosas que hacían feliz a la gente, y que la pelota rodara en un campo de fútbol era una de ellas. Por eso, los hinchas del Xeneize agotaron las entradas para ir al Cilindro y se movilizaron hacia el estadio en gran cantidad. Las horas de aquel 22 de diciembre se hicieron interminables. Las agujas del reloj parecían estar siempre en el mismo lugar, como si el tiempo no pasara y quedara detenido ahí, para siempre. El sol se escondía, y eso era sinónimo de que el cotejo se acercaba. Y si el partido se acercaba, la ansiedad crecía cada vez más, haciéndose gigante en cuerpo y alma de cada bostero. De a poco, luego de pasar los duros cacheos policiales, los simpatizantes comenzaron a colmar las gradas del Juan D. Perón. Hubo una particularidad para aquel partido final: los hinchas de Boca se ubicaron en el anillo superior, mientras que los de River fueron a la parte inferior. Hoy, por cómo está nuestro fútbol, sería imposible pensar en algo semejante. Lo cierto es que, una vez más, el aliento y la pasión boquense acompañó al equipo dirigido por Juan Carlos “Toto” Lorenzo.

En cuanto al juego hay poco por decir: partido trabado, con mucha fricción en la mitad de la cancha y con cierto temor de perder. Los de la Ribera, que salieron con Gatti; Sá, Mouzo, Tarantini; Veglio, Suñe, Ribolzi; Mastrángelo, Taverna y Felman, tuvieron las llegadas más claras pero no lograron batir a Ubaldo Fillol.

Dicen que esta clase de partidos se definen por detalles, y así fue. A los 27 minutos del segundo tiempo, el árbitro Arturo Ithurralde cobró tiro libre para Boca y los corazones se paralizaron en la zona Sur. Mientras el “Pato” armaba la barrera, el “Chapa” Suñé empujó a Mouzo, ejecutó y convirtió el gol. Los hinchas, que tardaron en darse cuenta de lo que estaba pasando, quedaron afónicos de tanto gritar. El Xeneize pasaba al frente y, a partir de ese entonces, el resultado no se modificaría ni con el transcurso de los años. La jugada fue tan rápida que ni los medios televisivos pudieron tener registro de aquel momento.

Una vez que el árbitro se llevó el silbato a la boca, la locura se desató en el 51% del país. La fiesta se vistió de azul y oro, y en las calles sólo se escuchaba un grito: “Boca campeón”. Pasarán los años, las generaciones, los partidos y los resultados, pero nadie olvidará lo que pasó aquella noche veraniega en la que la viveza xeneize se quedó con el “Superclásico de todos los tiempos”. Porque, como dice el Indio Solari, reconocido hincha de Boca, “la memoria es el único paraíso del que no nos pueden expulsar”.

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