Coronados de gloria

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En tiempos donde los festejos a nivel continental parecen hacerse a un lado, es bueno mirar lo hecho por Boca en aquellas finales.

Porque no fueron un par más, sino que tuvieron algo que el resto no: cátedra de mística.
Aquel equipo le enseñó a los demás cómo disputar una serie de 180 minutos en la Copa Libertadores de América. Quizá suene exagerado, pero realmente fue así.

13 de junio de 2007: Boca recibió a Gremio en La Bombonera y, ahí mismo, esa noche,
se terminó todo. Los que saben de Copa dicen que pocas veces vieron un equipo jugar
de esa manera. Juan Román Riquelme, el abanderado de los de azul y oro, se encargó
de poner las cosas en su lugar. Martín Palermo, Rodrigo Palacio, el joven Éver Banega,
entre otros, también aportaron para que ese día la gente se fuera con el pecho inflado, la
garganta rota de tanto gritar y más de medio trofeo en el bolsillo.

Lo hecho por los dirigidos por Miguel Ángel Russo fue, realmente, descomunal: a los 18
minutos, Palacio abrió el marcador; mientras que en el complemento, Román y Patricio,
en contra, aumentaron la diferencia. La Bombonera latió al compás de la mitad más
uno, que vivió una noche de puro carnaval.

Ahora faltaban, nada más ni nada menos, que siete días para volver a gritar la frase
más linda del mundo.

20 de junio de 2007: el día señalado para quedar en la historia grande América, una
vez más. Los casi cinco mil hinchas que acompañaron al equipo en el Estadio Olímpico
sabían que volverían felices a Buenos Aires. Los que se quedaron, y alentaron
desde la Argentina, no dudaban en que su noche terminaría a puro festejo. Riquelme se encargó de cumplirles el sueño: con sus dos goles en el segundo tiempo, Boca ganó
el partido y obtuvo la sexta Copa Libertadores en su historia. Campeón una vez más.
Las atajadas de Mauricio Caranta, quien parecía tener más de 100 partidos en Copa.
Los cruces del Cata Díaz y Morel Rodríguez, la muralla de Boca. Las defensas, y los ataques, de los dos aviones: Clemente Rodríguez y Hugo Ibarra. El fútbol de Banega, un
juvenil con experiencia. La garra de Pablo Ledesma y el despliegue de Neri Cardozo. El
temperamento de Sebastián Battaglia, quien a esa altura ya se le caían las copas de su
vitrina personal. La zurda de Jesús Dátolo, clave en algunos partidos. Las apariciones
de Orteman, Boselli y Marioni. Los goles de Palermo, que siempre estaban por venir. Los
desbordes de Palacio, a quien todavía algunos rivales siguen buscándolo.

Párrafo aparte para Riquelme, quien a principios de ese año regresó al club de sus
amores para volver a ponerse su camiseta preferida. El Diez les demostró a todos que
todavía tenía la fórmula secreta para ganar la Copa. Y que no habrá ningún jugador de
fútbol que juegue la Libertadores como él. Las promesas se cumplen, y Román cumplió.
En su Don Torcuato natal esperaba el lugar para colocar un título más.

En el camino había quedado el difícil grupo compartido con Toluca de México, Bolívar
de Bolivia y Cienciano de Perú. También el cruce en octavos ante Vélez Sarsfield, los
cuartos ante Libertad de Paraguay y la durísima semifinal ante Cúcuta de Colombia. Al
leerlo parece fácil, pero no lo fue. Muchos de estos partidos se complicaron con el
correr de los minutos, pero el Xeneize supo cómo levantarlos y salir adelante.

Todos estos condimentos hicieron que Boca alzara una Copa más, la sexta en su historia,
y se convirtiera en uno de los más ganadores del continente. Lo realizado por aquel
plantel quedará en las páginas doradas de la entidad de la Ribera. Ganar una Libertadores
no es fácil, pero ese equipo hizo que todos pensáramos que sí. Por eso, en tiempos
donde las ilusiones parecen derrumbarse, hay que recurrir a la memoria y darse
una vuelta por el pasado, ya que nunca está de más. Boca fue, es y será gigante por su
gloriosa historia. Y también por ganar finales como la de aquel año.

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