Un grito de corazón

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Eran épocas duras, donde no abundaban las alegrías y la costumbre de festejar títulos se iba perdiendo. A Boca le costaba ser protagonista de los campeonatos que disputaba y no lograba reflejar lo que pedía su historia dentro del campo de juego. Los reiterados triunfos sobre su eterno rival, River Plate, eran casi el único causal de la alegría de la mitad más uno del país, que pedía títulos a gritos. 

La última vuelta olímpica oficial del conjunto de la Ribera había sido en 1981, cuando de la mano de Diego Armando Maradona obtuvo el Torneo Metropolitano. Luego, en los años posteriores, apareció una de las mayores, sino la mayor, crisis de la historia: campañas con pocos puntos, posiciones extrañas en la tabla, números pintados en la camiseta y hasta la lucha por no perder la categoría. El Xeneize atravesaba experiencias poco comunes para un club tan grande.

Por eso, el año 1989 quedará grabado en la memoria de cada hincha de Boca. Porque fue el resurgir de un pueblo, que guardaba su grito en lo más hondo de su alma y deseaba llenarse la boca con una sola palabra: campeón.

La Confederación Sudamericana de Fútbol decidió que Boca ingresara en cuartos de final de la Supercopa, que había empezado un par de rondas antes. El debut del equipo dirigido por Carlos Aimar era, nada más ni nada menos, que ante Racing Club, el defensor del título.

El partido de ida se disputó el 19 de octubre, en la Bombonera. ¿El resultado? Empate en cero. La revancha, jugada una semana después, fue en Avellaneda: Boca se impuso por 2 a 1, con goles de Ponce y Cucciufo. Fabbri había anotado el empate parcial para la Academia. Objetivo cumplido: clasificación a cuartos. Las ilusión se empezó a transformar en realidad.

La próxima escala indicaba Porto Alegre, Brasil. El rival de turno, Gremio. Boca viajó con la fe intacta y se llevó un valioso empate del Estadio Olímpico de dicha ciudad. En La Bombonera, el Xeneize hizo valer la localía y ganó por 2 a 0, gracias a los tantos de Marangoni y Cucciufo.  En la final esperaba un viejo conocido: Independiente. En aquel entonces, los Diablos Rojos superaban a Boca en el historial, lo cual indicaba que era un rival que merecía, por lo menos, respeto.

Los hinchas de Boca vivían una de sus semanas más felices después de muchos años. La emoción se dejaba ver en cualquier lado, las calles del país se teñían de azul y oro, y la ilusión de levantar una copa era cada vez más grande. Atrás habían quedado esos partidos sin demasiada trascendencia, donde los fanáticos sólo iban a la cancha por amor a la camiseta. Ahora, el presente colocaba al club donde realmente debía estar, en lo más alto del continente. Sin embargo, el cuerpo técnico, los jugadores y la dirigencia, mantenían la calma.

El partido de ida ante el Rojo fue pautado para el 22 de noviembre, en el estadio Alberto J. Armando. Días antes, los Xeneizes se movilizaron a las boleterías del actual Complejo Pedro Pompilio para conseguir sus entradas, que fueron agotadas rápidamente. La expectativa era enorme, casi tan grande como el deseo que tenían los millones de hinchas de Boca en todo el mundo. Pero… ¿quién dijo que Boca no sufre? El primer partido fue como toda final: cerrado, sin muchas ocasiones de gol y trabado en la zona del mediocampo. El empate dejaba de punto a los dirigidos por Aimar, que debían ir a buscar la gloria a la Zona Sur.

Siete días después, los corazones del pueblo boquense volvieron a latir. Una multitud de hinchas acompañó al equipo en la tribuna visitante de la vieja Doble Visera, y el mítico “dale Boca, dale bo…” se hizo escuchar como si el local fuese el Xeneize. Del desarrollo del juego, mejor ni hablar: al igual que en la primera final, el encuentro tuvo pocas luces y sobró de todo menos juego. El buen fútbol se ausentó, pero la garra boquense sí dijo presente.

Pasado los 90 minutos, Juan Bava, árbitro de aquel partido, pitó el final. Ni Boca, ni Independiente se sacaron ventajas. La Supercopa se debía definir desde los once pasos. Allí, habría alguien que se haría gigante. Pero para eso falta…

Boca comenzó la serie y Ponce convirtió. Bianco igualó para Independiente. Marchesini estiró la ventaja y puso a Boca 2-1 arriba. Sin embargo, Altamirano igualó para el Rojo. Latorre puso el 3-2, pero luego Insúa empardó. El cuarto del Xeneize lo hizo Stafuza. Y aquí, el primer momento culmine de la noche veraniega: Artime pateó a la derecha, Navarro Montoya voló y desvió el remate, que terminó dando en el palo. El grito de los bosteros presentes en las gradas fue ensordecedor, y la responsabilidad de alcanzar la gloria quedaría en los pies de Giunta. El 8 agarró la pelota con sus dos manos, la acomodó, tomó carrera, infló el pecho y cruzó el disparo hacia la derecha del arquero. Luego, la locura total: Blas Armando, tras ver que el balón tocó la red, salió corriendo para abrazarse con sus compañeros, que no podían frenarlo.

Sí, Boca era campeón otra vez. El grito sagrado llegaba hasta lo más alto, y algunos aseguran que dio la vuelta al Planeta Tierra. Las lágrimas de los hinchas no sólo se debían a la obtención de la Supercopa, sino también a los años de tristezas y desilusiones vividos anteriormente. El club volvía a estar donde merecía, en lo más alto del podio. Porque dicen que no es grande aquel que nunca se cae, sino el que siempre se levanta…

 

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